PRIMERA LECTURA - RETO
PEDAGOGÍA DEL OPRIMIDO, DE PAULO FREIRE. UNA RECONCILIACIÓN CON MI VOCACIÓN
Como ya es sabido, a lo largo del itinerario formativo —y acaso también existencial— que supone el Grado en Educación Primaria, dentro de la asignatura de Literatura, se nos propuso una tarea que, bajo su apariencia metodológica, encierra una carga de introspección, elección y posicionamiento personal: la elaboración de un portafolio lector. Este ejercicio, lejos de limitarse a la selección aleatoria de obras, exige un reto; una promesa que nos hacemos a nosotras mismas, y que implica no solo leer, sino leernos.
Así, decidí que mi reto consistiría en leer tres obras estrechamente relacionadas con aquello que más me apasiona: la metodología y la didáctica. No por capricho, sino porque en esa elección se cifra también una declaración de intenciones: quiero seguir aprendiendo a enseñar, seguir desentrañando los caminos del saber compartido, porque creo, con profunda convicción, que la educación no solo forma, sino transforma.
La primera lectura de este recorrido no podía ser otra que Pedagogía del oprimido, del educador y filósofo brasileño Paulo Freire (1970). Esta obra no llegó a mí de forma casual, ni tampoco como una sugerencia más entre tantas: fue un reencuentro; ya en primer curso, durante la asignatura de Sociología de la Educación, me vi interpelada por esta lectura. Y decidí volver a ella ahora, en un momento personal especialmente difícil, sabiendo que en sus páginas podría hallar no solo teoría, sino sentido.
Mi historia, en este contexto, no es neutra. Provengo del mundo del Derecho y ADE, al que llegué no por vocación, sino empujada por el desencanto. Desde los cinco años, supe que quería ser maestra; mi colegio fue siempre un lugar de pertenencia, de sueños y de identidad. Sin embargo, una profesora —con una falta de sensibilidad que aún hoy me estremece recordar— me aseguró, sin margen de duda, que yo “no valía” para ello; debía abandonar esa idea.
Así lo quiso; su vaga justificación se limitaba a no quería tener a una persona como yo dando clases a sus hijos, no permitiéndome realizar la Selectividad a tiempo, resignándome a despedirme de esa vocación para siempre, transitando durante ese año por la carrera de Derecho y ADE con una sensación constante de exilio interior, hasta que, con la voz de aliento de mi hermano como faro, me atreví a volver. Eché la solicitud a Magisterio, temblando. Y entré.
La lectura de Freire en aquel primer curso fue una revelación. Pero esta relectura, más madura, más herida, más vivida, ha sido una epifanía. Pedagogía del oprimido no es simplemente un texto pedagógico: es una ontología de la educación. Freire no concibe el acto de educar como una transacción técnica, sino como un compromiso ético-político entre sujetos históricos. Educar, para él, no es llenar; es liberar. Como señala: “El educador ya no es el que educa, sino aquel que, en tanto se educa, educa al educando, que, al ser educado, también educa al educador” (Freire, 1970, p. 72).
En esta pedagogía dialógica, el aula deja de ser un escenario jerárquico para convertirse en un espacio de construcción conjunta. Esta idea encuentra eco en las pedagogías críticas contemporáneas, desde Henry Giroux (1988), quien define al docente como un "intelectual transformativo", hasta bell hooks (1994), que aboga por una educación como práctica de la libertad, basada en la escucha, la presencia y el deseo de descolonizar el saber.
En cuanto a su aplicación en el aula, el pensamiento freiriano implica una profunda revisión de nuestras prácticas docentes; supone abandonar el modelo “bancario” de educación, en el que el profesor deposita información en un estudiante pasivo, y sustituirlo por una metodología basada en el diálogo, la problematización y la conexión entre conocimiento y realidad social.
En la educación primaria, esto puede traducirse en el fomento de metodologías activas, como el aprendizaje basado en proyectos, el trabajo cooperativo y las asambleas de aula; la incorporación de los intereses vitales del alumnado en el diseño curricular; la transformación de la evaluación en una herramienta participativa y significativa; y el desarrollo del pensamiento crítico desde edades tempranas, vinculando los contenidos académicos con el entorno y las vivencias de los estudiantes.
Sin embargo, no es menos cierto que la obra presenta también algunas limitaciones o aspectos problemáticos, que merecen ser abordados críticamente. En primer lugar, su lenguaje denso y profundamente teórico puede dificultar su accesibilidad a estudiantes y docentes no familiarizados con la filosofía o la teoría política.
Asimismo, el contexto histórico y socioeconómico en el que fue concebido (la América Latina de los años 60-70) no se traduce siempre de forma directa a las realidades europeas contemporáneas, aunque sus principios fundamentales sí conservan plena vigencia. Además, algunos críticos —como Martin Carnoy (1982)— han señalado que Freire subestima las estructuras institucionales y legales que limitan la autonomía del profesorado, proponiendo una praxis que, si bien deseable, a menudo choca con la realidad burocrática de los sistemas educativos.
Con todo, el valor de Pedagogía del oprimido es incuestionable. En su radicalidad, nos obliga a interrogarnos sobre nuestra propia postura frente al acto educativo: ¿enseñamos para que los niños repitan o para que piensen? ¿Para qué obedezcan o para que transformen?
En lo personal, esta lectura me ha devuelto a mí misma; me ha reconciliado con aquella niña que, a los cinco años, jugaba a ser maestra sin saber que ese juego era, en realidad, una forma de proyectar el mundo en el que quería vivir, acompañándome en este momento difícil, como un texto que no solo informa, sino que abraza, interpela y sostiene, y me ha recordado que no estoy aquí por azar, sino por destino, por lucha, por reparación.
Como conclusión, señalaría que en un mundo que parece deslizarse hacia la uniformidad, la eficiencia sin alma y la estandarización de las conciencias, leer —y más aún, enseñar desde— Pedagogía del oprimido es, en sí mismo, un acto de resistencia. Porque quien educa con amor y con conciencia no obedece: se compromete. Y quien aprende a mirar críticamente el mundo que habita, también aprende a transformarlo. Así, con la humildad de quien está en proceso, pero con la firmeza de quien ha elegido su camino, afirmo: esta obra no solo me ha enseñado a ser mejor maestra, sino a ser más humana.
Para finalizar, la próxima entrada, compartiré otra lectura que dejó una huella imborrable en mí y que continúa, en clave distinta, este viaje de palabras, vocaciones y retornos.
REFERENCIAS:
· Freire, P. (1970). Pedagogía del oprimido. Siglo XXI Editores.
· Freire, P. (2005). Pedagogía del oprimido (3ª ed.). Siglo XXI Editores.
· Giroux, H. A. (1988). Teachers as Intellectuals: Toward a Critical Pedagogy of Learning. Bergin & Garvey.
· hooks, b. (1994). Teaching to Transgress: Education as the Practice of Freedom. Routledge.
· McLaren, P. (1999). Schooling as a Ritual Performance: Toward a Political Economy of Educational Symbols and Gestures. Rowman & Littlefield.
· Carnoy, M. (1982). Education as Cultural Imperialism. Longman.
· Gardner, H. (1993). Multiple Intelligences: The Theory in Practice. Basic Books.
· Goleman, D. (1995). Emotional Intelligence: Why It Can Matter More Than IQ. Bantam Books.
· Darder, A. (2015). Freire and Education. Routledge.
· Shor, I. (1992). Empowering Education: Critical Teaching for Social Change. University of Chicago Press.

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