TERCERA LECTURA - RETO

 

LAS CINCO LLAVES PARA EDUCAR DE CRISTINA GUTIÉRREZ LESTÓN. UN REGRESO AL ORIGEN

Dicen que hay libros que te encuentran antes de que tú sepas que los estás buscando. Libros que no se imponen desde la obligación académica ni desde la fría necesidad de cumplir con un programa, sino que se deslizan en tu camino con una sutileza casi mágica, y al abrirlos —con temor, con fe o simplemente con intuición— te devuelven a ti misma. Las cinco llaves para educar, de Cristina Gutiérrez Lestón, llegó a mí de esa manera silenciosa pero indeleble. La primera vez que lo leí fue durante una asignatura que, ya por su nombre, parecía prometer algo esencial: Procesos de Enseñanza y Aprendizaje, en segundo curso de esta carrera que, como ya he compartido en anteriores reflexiones, no es solo un itinerario académico, sino un reencuentro profundo con la vocación de una niña que soñaba, desde los cinco años, con tener su propia clase.

Desde aquella primera lectura, supe que ese texto se quedaría conmigo. No solo como recurso teórico, sino como brújula emocional y ética. Por eso, cuando tuve que elaborar el informe final de mi periodo de prácticas, no lo dudé: utilicé este libro como hilo conductor, como columna vertebral narrativa y simbólica, porque todo lo que viví entre las paredes de aquel centro escolar podía leerse, interpretarse y resignificarse a través de esas cinco llaves. Y es más: grabé incluso un vídeo para cerrar mi memoria del prácticum, donde retomé una de las frases que más hondamente me ha marcado, aquella que sostiene que, en el fondo, la llave del corazón lo resume todo.

No obstante, sin embargo, a pesar de haberlo trabajado en ese contexto, no podía dejar pasar esta oportunidad para volver sobre él. Para detenerme, ahora desde otro lugar —el de la lectura pausada, reflexiva, personal— a repasar cada una de esas llaves que, más que conceptos, son maneras de mirar el mundo: el reconocimiento, la confianza, los límites, la autonomía y, como piedra angular, el corazón. Cristina Gutiérrez no ofrece una receta ni un método cerrado; ofrece una mirada tierna pero firme, profundamente humana, sobre lo que significa educar. Y esa mirada, por su delicadeza, su cercanía y su verdad, me resulta imprescindible.

Del mismo modo, hay algo profundamente literario en este libro, aunque no cite a los grandes clásicos ni utilice lenguaje barroco. Decía Barthes, que lo literario no está en las palabras que se dicen, sino en las que se insinúan, en el modo en que se construyen los silencios; este libro está lleno de silencios fecundos, de imágenes que abren mundos, de frases que se convierten en anclas en medio de la vorágine del aula. “Educar es amar sin condiciones, pero también con dirección”, dice en uno de sus pasajes más iluminadores, recordándome a aquellos grandes relatos de iniciación —El principito, Matar a un ruiseñor, Jane Eyre— donde el crecimiento no viene sin dolor, pero siempre bajo el cobijo de una mirada que comprende.

Durante mis prácticas, he podido constatar cuán reales y necesarios son estos principios. El reconocimiento —la primera llave— es ese gesto mínimo y a la vez monumental que cambia un día entero: una palabra, una sonrisa, una mención. La confianza se construye paso a paso, y es la que permite que el niño o la niña se arriesgue a ser, sin miedo al juicio; los límites no como frontera que impide, sino como faro que orienta, la autonomía, como regalo y responsabilidad y el corazón… ese corazón del que tanto hablo, no como sentimentalismo, sino como esencia: porque sin él, todo lo demás se convierte en técnica vacía.

En definitiva, volver a esta obra ha sido, también, un acto de nostalgia. No solo por lo que ya viví en las aulas del colegio durante mis prácticas, sino porque me ha recordado —una vez más— por qué estoy aquí; porque hay días en los que, por razones personales o por el propio peso del camino, una se tambalea, pero al abrir este libro, recuerdo que educar no es dominar contenidos, sino cultivar presencias, que enseñar es, en definitiva, acompañar. Lo verdaderamente transformador no pasa por lo que se explica, sino por lo que se transmite con la mirada, con la voz, con la coherencia entre lo que se dice y lo que se es.

Desde un punto de vista pedagógico, esta obra puede integrarse en el aula no como manual de instrucciones, sino como inspiración metodológica; al trabajar con alumnado de educación primaria, especialmente en contextos multiculturales o de alta diversidad funcional, las cinco llaves se convierten en pilares:

·                    Reconocimiento: como propone Carl Rogers (1969), reconocer al otro como persona única e irrepetible es el primer paso para construir un vínculo educativo real.

·                    Confianza: autores como C. Freinet (1990) y Neill (1970) ya hablaron de la necesidad de crear climas de seguridad afectiva para que el aprendizaje tenga lugar.

·                    Límites: en la línea de la pedagogía del respeto (Ginott, 1972), los límites se entienden como estructuras claras que permiten la libertad sin caos.

·                    Autonomía: Montessori y Piaget fundamentaron gran parte de su obra en este principio. Un aula que potencia la autonomía genera sujetos críticos y capaces.

·                    Corazón: Goleman (1995) demostró la importancia de la inteligencia emocional en el desarrollo integral del alumnado. Sin ella, cualquier otro contenido pierde efectividad.

Respecto al enfoque de la literatura, este modelo permea de manera orgánica y potente; trabajar cuentos que presenten situaciones de confianza, de superación, de gestión de límites o de autoafirmación permite abordar estas llaves desde la experiencia estética y emocional. En lengua inglesa (mi mención), por ejemplo, se pueden usar álbumes ilustrados (The Colour Monster, Giraffes Can’t Dance, Have You Filled a Bucket Today?) que traten explícitamente de estos valores, y que permiten también el desarrollo lingüístico mientras se construye afectividad.

Finalmente diría que, si Pedagogía del oprimido me reconectó con la razón profunda de educar y Estructuras de la mente me ayudó a ver las infinitas formas de hacerlo, Las cinco llaves para educar ha sido el recordatorio de que todo eso solo tiene sentido si se hace con amor. No con amor abstracto ni con buenas intenciones pasajeras, sino con ese amor concreto que escucha, que sostiene, que exige, que se queda. Un amor que, como la literatura, transforma sin imponer. Que siembra sin saber cuándo florecerá, pero que confía, y educar, al fin y al cabo, es eso: confiar en que, con las llaves correctas, cada niño y cada niña encontrará su puerta y cruzará.

REFERENCIAS:

·               García Ugarte, J., García-Rincón de Castro, C., Batet Rovirosa, M., Esperante Lozano, M., Lascaray San Juan, I., Pellicer Iborra, C., & Puchades Girbés, T. (2015). Cinco llaves para educar en el siglo XXI: Aprendizaje, corazón, talento, diálogo y solidaridad. Editorial Desclée De Brouwer.   

·                    Gutiérrez Lestón, C. (2016). Las cinco llaves para educar. Plataforma Editorial.

·                    Goleman, D. (1995). Emotional Intelligence. Bantam Books.

·                    Rogers, C. (1969). Freedom to Learn. Charles Merrill Publishing.

·                    Neill, A. S. (1970). Summerhill: A Radical Approach to Child Rearing. Hart.

·                    Freinet, C. (1990). La educación por el trabajo. Laia.

·                    Ginott, H. (1972). Between Parent and Child. Macmillan.

·                    Tomlinson, C. A. (2001). How to Differentiate Instruction in Mixed-Ability Classrooms. ASCD.

·                    Sipos, G., & Laszlo, J. (2013). The Emotional Effect of Reading Literary Texts: Empirical Results. Empirical Studies of the Arts, 31(2), 205–217.

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