FINAL
REFLEXIÓN FINAL:
Culminar este portafolio lector,
lejos de suponer un mero punto y final, representa para mí la posibilidad de
detenerme —aunque sea por unos instantes— a contemplar con distancia y asombro
el recorrido transitado; una travesía que no ha sido lineal ni ajena a las
emociones, sino profundamente marcada por la pasión, el autoconocimiento, la
vocación que me acompaña desde niña y, sobre todo, por una relación íntima y
sostenida con la lectura.
Así pues, desde la relectura
crítica de clásicos atemporales como Caperucita Roja, Las mil y una
noches, El Lazarillo de Tormes, El Conde Lucanor o la siempre
estremecedora Bodas de sangre, hasta el análisis de obras pedagógicas
que han modelado mi pensamiento docente —Pedagogía del oprimido, Estructuras
de la mente, Las cinco llaves para educar—, este portafolio se ha
ido tejiendo como un tapiz de voces, ideas y experiencias personales que
dialogan entre sí en una polifonía que, espero, haya logrado transmitir no solo
mi evolución como futura maestra, sino también como lectora crítica y sensible.
En consecuencia, en este blog,
concebido originalmente como una sencilla recopilación de tareas
universitarias, he descubierto un espacio de reflexión honesta y de crecimiento
continuado; lo que nació como archivo de Sociología de la Educación se ha
convertido con el tiempo en una suerte de diario formativo, en el que se
han ido asentando no solo lecturas académicas, sino también fragmentos de mí
misma: recuerdos, dudas, descubrimientos, heridas, certezas. Por ello, deseo
seguir cultivando esta sección lectora en futuras entradas, ya no como
exigencia evaluativa, sino como elección personal y profesional; este blog,
como la lectura, se ha transformado en un espacio seguro, íntimo y,
paradójicamente, expansivo.
De este modo. la lectura ha sido
en todo momento el hilo invisible que ha unido los retales de mi vocación; a través
de ella he podido redescubrir a esa niña que jugaba a ser maestra, que
inventaba aulas imaginarias sobre una alfombra, que miraba a sus profes como
quien observa a sus héroes. Y ahora, desde la adultez, desde el compromiso con
una educación más inclusiva, ética y creativa, comprendo que no basta con saber
enseñar: hay que saber mirar, saber escuchar y, sobre todo, saber narrar; educar,
en gran medida, es contar historias: las de otros y las nuestras y la
literatura, en sus múltiples formas, nos enseña precisamente eso.
En definitiva, este portafolio ha
sido, pues, una celebración de la palabra: aquella que enseña, que cuestiona,
que consuela, que construye y que nos convierte en mejores profesionales, pero
también —y tal vez más importante— en mejores personas. Como sostenía Freire,
“la lectura del mundo precede a la lectura de la palabra”; y en estas páginas
he intentado leer ambas cosas, y leerme también a mí misma entre ellas.
Con todo, me marcho de este
ejercicio no solo con un puñado de libros leídos, sino con una certeza
renovada: quiero seguir leyendo, investigando, escribiendo, compartiendo, enseñando
desde el corazón, como decía Hendricks, y leyendo con el alma, porque solo
desde esa hondura nace la educación transformadora que anhelo. Gracias a
quienes hayan seguido este recorrido, aunque sea en silencio; el viaje
continúa.
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