REFLEXIÓN FINAL PRACTICUM II
Cierro este periodo del Prácticum II con la sensación de haber atravesado mucho más que una estancia formativa en un centro educativo. Ha sido un proceso de observación, contraste y toma de conciencia sobre lo que significa realmente la práctica docente hoy, especialmente en un contexto en el que conviven enfoques tradicionales con intentos de transformación metodológica que, en muchas ocasiones, chocan con la realidad del aula.
A lo largo de estas semanas he podido comprobar cómo el discurso de la inclusión, el DUA o la atención a la diversidad convive todavía con una fuerte inercia hacia el modelo tradicional basado en fichas, instrucción directa y homogeneización del aprendizaje. En este sentido, he percibido una tensión constante entre lo que la normativa promueve y lo que realmente se implementa en el día a día del aula. La inclusión, entendida en su sentido más amplio, no puede reducirse a adaptar materiales o aumentar la carga de fichas diferenciadas, sino que implica necesariamente un cambio metodológico profundo hacia propuestas más flexibles, activas y multinivel.
Desde esta perspectiva, he podido reflexionar sobre cómo la resistencia al cambio no siempre se debe a una falta de capacidad, sino también a la falta de formación, tiempo y acompañamiento docente. Herramientas como Canva, los recursos digitales o incluso metodologías como el flipped classroom o el aprendizaje basado en proyectos siguen siendo, en muchos casos, poco utilizadas no por rechazo consciente, sino por una brecha formativa y organizativa evidente. Esto me lleva a pensar en la necesidad de una mayor codocencia, asesoramiento real dentro de los centros y un acompañamiento efectivo a los docentes para poder llevar a cabo esta transición metodológica.
Al mismo tiempo, he comprendido que el debate no es simplemente “tradicional vs. innovador”, sino algo mucho más profundo: qué tipo de aprendizaje queremos garantizar. He podido observar cómo el modelo basado en fichas y repetición responde a una lógica de control y estandarización, mientras que las metodologías activas, bien diseñadas, permiten integrar pensamiento crítico, creatividad, resolución de problemas y aprendizaje significativo. En este sentido, considero que la inclusión real no es posible sin un cambio en la forma de enseñar.
La experiencia también me ha permitido cuestionar algunos mitos educativos, como la idea de que el método tradicional es más eficaz para la disciplina o la gestión emocional del alumnado. He visto cómo enfoques basados en el refuerzo positivo, la gamificación o la autorregulación generan un clima de aula más estable y motivador que los modelos punitivos basados en la obediencia. Esto refuerza mi convicción de que la gestión del aula debe orientarse hacia la autonomía del alumnado y no únicamente hacia el control externo.
Por otro lado, la presencia creciente de la tecnología y la inteligencia artificial en la sociedad educativa plantea un reto inevitable. No se trata de competir con ella, sino de redefinir el papel del docente como diseñador de experiencias de aprendizaje que ninguna herramienta digital puede sustituir: la guía emocional, la mediación pedagógica, el acompañamiento y la construcción de experiencias vivenciales en el aula. En este sentido, el aula sigue siendo un espacio irremplazable de interacción humana.
También he podido reflexionar sobre el papel de la evaluación, la importancia de la Zona de Desarrollo Próximo y el valor del andamiaje cognitivo como herramientas fundamentales para garantizar que todos los alumnos puedan progresar sin que el nivel del grupo se convierta en una barrera rígida. La intervención docente no debe entenderse como una reducción del nivel, sino como una adaptación inteligente que permite que cada alumno llegue más lejos desde su punto de partida.
Este periodo me ha ayudado, además, a definir con mayor claridad mi identidad docente. No desde una idealización del sistema, sino desde una mirada crítica que entiende la complejidad de la realidad escolar. He podido comprobar que no todos los contextos permiten el mismo tipo de intervención, pero también que siempre existen márgenes de actuación si se diseñan propuestas con sentido pedagógico.
Cierro este prácticum con una idea clara: la educación no puede quedarse anclada en modelos que priorizan la comodidad organizativa por encima del desarrollo integral del alumnado. La escuela debe avanzar hacia entornos más inclusivos, competenciales y humanos, donde la innovación no sea un complemento puntual, sino una forma real de entender el aprendizaje.
Y, sobre todo, me quedo con una certeza: este proceso no me ha alejado de la educación, sino que ha reforzado mi vocación desde una mirada más consciente, crítica y realista. No desde la perfección del sistema, sino desde la voluntad de transformarlo. Como decía Hendricks, “la enseñanza que deja huella no es la que se hace de cabeza a cabeza, sino de corazón a corazón”.
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