SEMANA 11 - PRÁCTICUM II
Llegamos a la undécima y última semana de este Prácticum II, y el sentimiento que prevalece es el de una profunda extrañeza. Lo que debería haber sido un cierre reflexivo y académico se ha convertido en una evidencia flagrante de la desnaturalización de nuestra figura como docentes en formación. He finalizado la intervención de mi TFG con resultados satisfactorios, pero el entorno institucional ha opacado cualquier logro personal al persistir en tratarnos bajo una etiqueta genérica de "los de prácticas", sin distinguir nuestra formación facultativa de otros perfiles. La gestión de las festividades locales ha revelado una desorganización sistémica que nos ha relegado a tareas manuales carentes de todo valor pedagógico, evidenciando una falta de respeto hacia una carrera de cuatro años que nos habilita como futuros maestros.
DÍA A DÍA
Martes 21. Se mantuvo la tónica del día anterior. La jornada transcurrió entre la corrección sistemática y la ejecución de la programación de inglés prevista. No hubo incidentes reseñables, pero se percibía ya la efervescencia de los preparativos para la festividad local, lo que suele traducirse en un detrimento de la actividad lectiva ordinaria y una relajación de los estándares pedagógicos.
Miércoles 22. Concluyó oficialmente la implementación de mi TFG. La respuesta del alumnado ha sido excelente y los resultados son prometedores; ha sido, sin duda, el mayor éxito personal de estas semanas. Sin embargo, este hito contrasta con la vacuidad de las actividades en las que el centro comenzó a involucrarnos, donde se nos asignaba el mismo rango de acción que a los compañeros de prácticas de administración, ignorando nuestra capacidad técnica para intervenir con el alumnado.
Jueves 23. Se inició la celebración de la Fiesta del Olivo y mi indignación aumentó proporcionalmente. Resulta deontológicamente cuestionable que se utilice a futuros docentes para pasar toda la mañana colgando pañuelos en las rejas del recinto, asumiendo lo que coloquialmente se denomina el "trabajo sucio" del centro. Es una labor puramente ornamental que no requiere de nuestra formación pedagógica. Lo más lamentable fue la actitud del profesorado, quienes ironizaban sugiriendo que enviáramos fotografías de estas tareas a nuestros tutores universitarios, demostrando una nula consideración hacia nuestra identidad profesional en construcción. Aunque se trajo un borriquito al centro, la mediación docente fue inexistente; se perdió la oportunidad de realizar una transposición didáctica real sobre la cultura local, dejando a los niños con un mensaje meramente anecdótico.
Viernes 24. La jornada final fue un despropósito organizativo absoluto. Continuamos con la colocación de pañuelos mientras percibía una clara intención por parte de la tutora de delegar su responsabilidad. Se produjo un conflicto de roles donde se nos equiparaba a cualquier otro personal en prácticas, obviando que nosotros somos los únicos habilitados para la intervención directa con niños. Tras asistir a unos bailes tradicionales —donde eché en falta sensibilidad hacia el alumnado que no participaba—, la visita a las carrozas se canceló por una gestión nefasta de permisos y accesos. Esto derivó en que alumnos de siete y ocho años permanecieran en un recreo forzado de tres horas. Me despido con una sensación de "traición" hacia una tradición que se desmorona por falta de rigor.
REFLEXIONES
Al concluir esta etapa, resulta imperativo denunciar la falta de estatus profesional que se nos otorga. A diferencia de mi experiencia el año pasado, donde el tutor validaba mi figura de autoridad y mi competencia pedagógica, en este centro se nos ha tratado como un recurso polivalente para tareas de mantenimiento. Existe una flagrante falta de distinción entre las prácticas administrativas y las prácticas docentes; nosotros nos hemos formado durante cuatro años para comprender los procesos de aprendizaje, no para realizar labores auxiliares de decoración.
Como señala Tardif (2004), los saberes docentes se construyen en la práctica, pero esto solo es posible si existe un reconocimiento de nuestra identidad como maestros. Al relegarnos al "trabajo sucio" y diluir nuestra autoridad frente al alumnado, el centro está boicoteando nuestra socialización profesional. Me marcho con la satisfacción de mi TFG, pero con la amarga certeza de que el capacitismo institucional también nos afecta a nosotros: si no nos ven como iguales en el proceso educativo, nos convierten en herramientas de conveniencia. La escuela debe recuperar el respeto por la formación docente si realmente aspira a ser el centro de innovación que proyecta en sus redes sociales.
REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
Carbonell, J. (2002). La aventura de innovar: El cambio en la escuela. Morata.
Imágenes tomadas con permiso del centro.
Santos Guerra, M. A. (1993). La evaluación: Un proceso de diálogo, comprensión y mejora. Aljibe.
Tardif, M. (2004). Los saberes del docente y su desarrollo profesional. Narcea.
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